viernes, 6 de abril de 2007

Sin guardapolvo

La muerte de Carlos Fuentealba es algo que, lamentablemente, casi todos esperábamos desde que fue alcanzado por la bomba de gas lacrimógeno disparada a pocos metros, por detrás, al auto en el que se alejaba. Dada la gravedad de sus heridas es increíble que haya sobrevivido tantas horas. Lo que nadie esperaba, incluyendo a Fuentealba, es que un reclamo salarial provocase tan sangrienta represión y persecusión.
A partir de su muerte comienza una nueva etapa cargada de culpas, excusas, oportunismo y movilizaciones.
A pocos minutos de la noticia de su muerte recibí un mail, un reenvío masivo sin firma responsable, en el cual se convoca a las marchas en repudio. Hasta allí, perfecto. El texto aprovecha para cargar las tintas sobre Kirchner por su responsabilidad por acción u omisión en la Ley Federal de Educación, y en la de Financiamiento Docente. Y allí es donde las aguas se enturbian.
Que Kirchner es parte responsable por la situación docente, por la continuidad de esa situación, no hay dudas, pero la represión y asesinato de Fuentealba están por encima del reclamo docente.
La represión fue ordenada por el gobernador neuquino Jorge Sobisch, a una policía provincial con un amplio prontuario por violencia y asesinato. La muerte de Carlos Fuentealba no es una cuestión docente.
La convocatoria termina con una consigna (que más parece una orden) que dice "los docentes deben concurrir con guardapolvo". Soy docente y no pienso ponerme ningún guardapolvo cuando vaya a repudiar el asesinato de un trabajador en una marcha. Que se trate de un maestro, albañil o enfermero es irrelevante. No es un reclamo gremial, va mucho más allá.
Las marchas docentes por reclamos docentes no deberían mezclarse, y no me interesa el espíritu de cuerpo ante este asesinato.
No es la primera víctima de la represión policial, y lamentablemente no tengo ninguna esperanza de que sea la última, ni que sus responsables políticos sean condenados. Quizás, porque es necesario, el asesino a sueldo que disparó el cuasimisilazo que destruyó la vida de Fuentealba, y su familia, sea identificado, y castigado públicamente, para que "veamos" que hay justicia.
Ojalá nadie vea que allí terminó la justicia. Ojalá nadie olvide quién dio la orden.

martes, 3 de abril de 2007

No creo en casualidades

No creo en casualidades, siempre lo digo aunque muchas veces me encuentro envuelta en situaciones en donde me queda más cómodo creer que lo son.
Tampoco es que piense que al no haberlas, entonces todo está escrito en un gran libro del destino y que a esta altura se debe haber convertido en la memoria de una gigantesca computadora en manos de algo así como Bill Gates (y así nos va) o en manos de un ser supremo (y así nos va).
Me niego rotundamente a darle validez a un horóscopo o aceptar que mi destino está marcado en la palma de mi mano o cuanto método haya que me aleje de mi propia decisión.
Cuando decido confiar, cuando involucro mis sentimientos, o tomo determinaciones , pienso en las consecuencias, y mucho más pienso en si seré fuerte para afrontarlas. Es casi imposible que actúe improvisadamente, para los que me conocen soy algo así como "previsible", para los otros soy una persona " centrada" o madura, no lo sé bien y creo que me interesa poco.
El hecho de actuar así hace que no deje prácticamente nada de espacio para esas casualidades de las que todos hablan y que a veces me hacen sentir como espectadora de situaciones irreales en donde no me siento cómoda porque no tengo el control (mi control).
En lo que creo firmemente es en que la vida no pasa delante nuestro y nosotros estáticos la vemos pasar, estaríamos muertos en ese caso, la vida "nos pasa" y, fuera de un bajo porcentaje de coincidencias, todo lo demás está en nuestras manos, somos los responsables directos y no me vale culpar al destino o a las casualidades por lo que me pasa ni de bueno ni de malo.

sábado, 24 de marzo de 2007

NI olvido NI perdón

A 31 años del inicio de la dictadura, pero no de la represión, la memoria sin justicia no alcanza.
Ningún acto, discurso o gesto puede hacernos olvidar que los asesinos están libres, que hay Nietos en la oscuridad porque no le facilitan a sus Abuelas el camino a su recuperación, que "Ni olvido ni perdón" no significa que el recuerdo es todo. La memoria activa es sólo el motor que impulse la justicia. Treinta mil minutos de silencio no valen lo que un genocida encarcelado en una prisión común, donde debe estar un asesino.
Que la memoria no se convierta en un nuevo Punto Final.

sábado, 17 de marzo de 2007

Leyendas urbanas

Aquí, en La Plata, capital de la provincia de Buenos Aires, la Plaza Italia se fue convirtiendo, los fines de semana, en un punto de intercambio de perros y gatos. A ella acuden quienes tienen cachorros para ofrecer, y quienes están buscando alguno. Imagino que la presencia, los fines de semana, de la Feria Artesanal, tuvo mucho que ver, es un centro de reunión al que acuden cientos de personas.
Durante años este intercambio no estuvo regulado ni controlado por nadie, quien tenía un cachorro iba con él a la plaza, si alguien se ofrecía a adoptarlo se lo llevaba. Dependía de cada uno si le pedía o no algún dato al otro, de su nivel de conciencia respecto de la responsabilidad que tenía sobre esa vida.
Desde hace unos meses algunas asociaciones, como Todo perros -Todo gatos, se hicieron cargo de nuclear y establecer algunos requisitos y beneficios, como vacunación y castración gratuitos, y una suerte de contrato entre quien ofrece al animal y quien lo adopta que permite un seguimiento para controlar que esté siendo debidamente cuidado, y le permite a quien lo dio quitárselo a la persona que no cumpla.
Hace un par de años comenzó a circular una historia que muchos consideraban una leyenda urbana. Contaba las andanzas de una pareja, de unos cincuenta años, que cada fin de semana se llevaba varios perros y gatos, eligiendo a los más pequeños, no en tamaño sino en edad, sin distinción de razas, sexo o color, sólo interesados en que fuesen menores de dos meses.
Como toda leyenda urbana fue creciendo y cambiando de boca en boca. Pasó de ser una pareja a una red de parejas que formarían parte de alguna secta seguramente satánica, también una mujer anciana y su hijo, estudiantes de veterinaria disfrazados que los usarían para prácticas, científicos locos que harían algún tipo de experimento con ellos o quienes se los comerían.
Lo cierto es que aunque muchos hablaban de ellos, y siempre era un tercero quien los habría visto, no existía ninguna prueba de que no fuese más que una leyenda.
Cuando las adopciones comenzaron a nuclearse y algunas personas responsables de las mismas comenzaron a ir cada fin de semana a la plaza, conociendo la historia de la famosa pareja, apareció por primera vez un dato concreto. Un muchacho vio y reconoció a una pareja como quienes habían adoptado uno de sus gatitos el día anterior, los denunció ante los representantes de una de las asociaciones presentes y ellos a la policía. Fueron detenidos y se descubrió que llevaban en un bolso tres cachorros casi asfixiados.
Se trataba, efectivamente, de un hombre y una mujer de unos cincuenta años.
La leyenda urbana se convirtió en un hecho, y a partir de allí comenzó algo tan aberrante como lo que habrán hecho estas bestias, que no merecen ser llamadas animales, con los perros y gatos que durante tanto tiempo se llevaron: no habrían cometido ningún delito.
Adoptar a los perros o gatos que sus "dueños" ofrecían es perfectamente legal y no hay límite en cantidad. Que ninguno de esos animales haya sido encontrado, tampoco, ya que pudieron haberse escapado. Cuántos se llevaron en estos años, no hay forma de probarlo, y, a lo sumo, podría sostenerse la acusación de maltrato con testigos. Aunque no hay testigos de ese maltrato, sino que es lo que puede inferirse a partir de los animales que se habrían llevado. Pero nadie puede ser condenado por deducciones o inferencias, lo cual, aún frente a estos hechos, es una suerte. Y aún en el improbable caso de que esta acusación tuviese un fallo condenatorio, es excarcelable.
No hay nada que se pueda hacer, el hecho no fue siquiera considerado noticiable. La detención y liberación de estas personas pasará muy pronto a ser una nueva leyenda urbana. Y quizás muchos prefieran dejarlo así, después de todo no son más que perros y gatos. Pero, por las dudas, si alguna vez una pareja con un gran bolso gris les pide un cachorro, no se lo den.

domingo, 11 de marzo de 2007

El tiempo no para

Hace ya tres meses Maun me dijo "podríamos cambiar a la nueva versión de Blogger". "Podríamos" respondí "y de paso hacemos algunas modificaciones".
Se trataría de sólo un par de días, no tenía en mente dibujar píxel por píxel el blog, sólo peinarlo un poco.
Como mi habilidad con HTML se basa en ensayo y error, y error, y error, propuse inhabilitar el acceso público, "sólo un par de días". Aún no tenía claro qué era lo que iba a modificar, y mucho menos cómo hacerlo, por lo tanto no me gustó la idea de que alguien entrase y encontrara todo revuelto. Debe ser culpa de mi vieja, que cuando era chica me repetía "limpiá tu habitación, mirá si llegan visitas y ven este desastre". Para mí se resolvía fácil, ninguna "visita" iba a entrar en mi dormitorio, así que con cerrar la puerta era suficiente. Así que "cerré la puerta" mientras acomodaba.
Lo que no sabía era que la vida me iba a poner frente a una sucesión de pequeñas y no tan pequeñas trabas que me distrajeron del blog, de HTML y de mis puertas cerradas. Tampoco que Blogger me lo complicaría tanto, no sólo con su nueva sintaxis sino con sus constantes cuelgues.
La "facilidad" del nuevo Blogger se basa en una uniformidad disfrazada de libertad, ahora podemos configurar "libremente" nuestros blogs, siempre que no salgamos de los parámetros que nos dan. Claro que también hubiera sido más simple si supiera algo de programación.
"Tomate tu tiempo, tranquila", me dijo Maun una y otra vez, en un alarde de cortesía y generosidad, cada vez que le dije "mañana lo termino". Y cada vez que le expliqué que "mañana" tuve tal o cual problema.
Lo que Maun no supo es que a veces uno no se toma su tiempo, el tiempo nos toma.
Sinceramente, no sé cómo pasaron tres meses, casi siempre encontramos excusas, pero sabemos que lo son, que si hubiésemos querido, podíamos. A veces, simplemente, nos distraemos. A veces somos caracoles que se encierran hasta "curarse".
A veces, sin saber muy bien por qué ese día sí y el anterior no, salimos, y vemos lo que dejamos en el camino, lo que nos esperaba.
Ese día abrimos todo, aún si no terminamos de acomodar.
Sin excusas, sólo me queda pedirle públicamente disculpas a Maun por todo este tiempo, y a cada uno de aquellos que se hayan encontrado con la puerta cerrada cuando tuvieron la amabilidad de venir a visitarnos.

lunes, 4 de diciembre de 2006

Girondo postergado

Recordaba la última vez que había llorado. Habían pasado ya 28 años pero recordaba cada instante.
Se sentó en el suelo, justo en el ángulo entre la pared y la cama, apoyó su cabeza en las rodillas y empezó a llorar. Un llanto girondino, "llorar improvisando/ de memoria / llorar todo el insomnio y todo el día". Lloró un día, dos, tres, hasta quedarse dormida.
Cuando despertó ya no tenía lágrimas, ni siquiera le quedaban ojos.
Se buscó y encontró un insondable hueco allí donde estaban las lágrimas, y los pedazos de su espejo hecho trizas. Recogió uno a uno los pequeños cristales, cortándose, clavándoselos, y los escondió en el rincón más oscuro. Sólo ella sabría que estaban allí, sólo ella sabría que el único espejo que le devolvía la imagen perfecta había desaparecido.
Cerró todas las puertas, se aseguró de no dejarle resquicio al llanto y continuó.
Cada tanto se descubría las mejillas mojadas, escuchando una canción, leyendo, observando el mundo, pero eran sus ojos los que derramaban, ella nunca volvió a llorar, nunca por ella.
Un día volvió a sentirse como hacía 28 años. Recordaba cómo era, sabía que se sentaría un día, dos, tres, hasta quedarse dormida, y luego continuaría, esta vez asegurando mejor cada candando.
Se quedó sentada en el borde del sillón, esperando llorar, pero su hijo tenía hambre. Contuvo la respiración y le dijo "ya voy".
Cocinó, esperó estar sola y se quedó parada sabiendo que lloraría. Pero sonó el timbre, tenía que ir a trabajar. Se mordió el labio con bronca, sintiendo que la nariz cosquilleaba y los ojos ardían.
Recordaba cómo era, pero ya no podía ser, ya era una adulta responsable. Fue a trabajar fumándose las lágrimas, un atado, dos, tres. Habló, sonrió, nada en ella sugería llanto.
Volvió, esperó que su hijo se durmiera y se acostó a llorar. Pero estaba agotada y se durmió.
Despertó antes que amaneciera, encendió un cigarrillo y se preparó un café. Miró la hora, le quedaban casi cinco horas antes de tener que ocuparse de algo o alguien, no sería un día o dos, pero al menos podría llorar cinco horas.
Sus ojos ya estaban inundados cuando se dio cuenta que aún estaba en la cocina, su hijo podría despertar y descubrirla. Los secó con la mano, hastiada, apuró el café y se fue a su dormitorio, allí estaría segura. Pero sonó el teléfono, del otro lado la voz angustiada de una amiga le contó que acababa de separarse de su pareja, y pasó las siguientes cinco horas escuchando llorar.
"Tenés cara rara" le dijo su hijo al levantarse. "Me duele una muela" respondió ella.
Preparó el desayuno, lavó ropa y se vistió para ir a trabajar. Antes de salir buscó su agenda y apretando los labios escribió para el viernes: llorar a las 22 hs.

miércoles, 1 de noviembre de 2006

Destierro

En Atenas, 500 a.C. , cuando se juzgaba a alguien por algún delito, especialmente a políticos corruptos, el pueblo democráticamente elegía la pena a imponer. Entre las opciones que había, estaba enviar al delincuente al ostracismo, eso era mandarlo al destierro. Para muchos atenienses era ésta una pena más severa que la propia pena de muerte. Ellos, al igual que muchos otros, amaban su tierra y el sólo hecho de imaginar vivir lejos de ella los aterraba.
A Shakespeare se le atribuye la frase: “Exilio, es el otro nombre de la muerte”.
Hoy, 1500 años después, pensaba en cómo podría adaptarse esta práctica, qué hacer con tiranos que deben ser juzgados, dónde los enviaríamos, quién querría recibirlos? Cuánta gente tuvo que tomar su vida y unos pocos kilos de equipaje y dejar su tierra, autodesterrándose ....y cuántos no tuvieron esa posibilidad o no quisieron hacerlo y perdieron la vida sin haber tenido ni siquiera el derecho a ser juzgados.
A mediados del siglo pasado en España todavía se castigaba con el destierro, y en el caso de huída del “convicto” la pena recaía sobre la familia que padecía la confiscación de sus bienes y hasta el mismo destierro.
No puedo opinar muy profundamente sobre las experiencias ajenas, conocí casos de desterrados políticos que salieron huyendo sólo con lo puesto, y sin oportunidad de despedirse de sus seres queridos y que no volvieron nunca más a su tierra, nuestra tierra. También conocí otros que criticaron severamente a aquellos desterrados.
Yo no me fuí ni huyendo ni perseguida, y tampoco me siento una desterrada, la mía fue sólo una elección, sin embargo aún hoy, después de 15 años, sigo sintiendo la crítica malintencionada de algunos que me señalan como “la rata que abandona primero que nadie el barco que se hunde”, y no exagero, textualmente me lo han dicho más de una vez, y por más esfuerzos que haga siempre aparece alguien que critica y juzga. No sirven mis argumentos sobre que transmití el idioma y costumbres a mis hijos, ni que me mantengo en constante contacto con la actualidad de mi país, y por supuesto no sirve ser una de las mayores consumidoras de yerba mate de esta ciudad...siempre hay alguien que no entiende, o mejor dicho, no acepta, entonces a mi esfuerzo de integración en una nueva tierra, debo además esforzarme por conformar a no sé quién y no sé porqué en realidad, si yo sé muy bien quién soy, adónde pertenezco y dónde están mis raíces.

miércoles, 11 de octubre de 2006

Sin razón

Dicen que debemos aprender a decir "no", que es uno de los aprendizajes más complicados. Pero no nos dicen que se refieren sólo al "no" a los demás y que muchísimo más difícil es aprender a decirnos "sí" a nosotros mismos.
Crecemos sobre las excusas del no, vamos postergando, desplazando, siempre tenemos una razón a mano, no hay nada más simple, madurar se va convirtiendo en perfeccionar esas excusas.
Y le vamos diciendo que no a lo que nos mueve, lo que nos apasiona, lo que nos libera de nuestros propios encierros.
Yo dejé de escribir por años, demasiados años, siempre tuve una buena razón para darme, estudio, trabajo, amor, desamor, un hijo, una pareja, un divorcio, una ausencia o una presencia, un dolor o un temor, seguridad e inseguridad, las dos caras de una moneda que compra un buen no. Siempre tuve allí, al alcance, el argumento necesario.
Un día me quedé sin más mentiras, los placebos no alcanzaron, supe que simplemente me dije que no, me faltó la pulsión necesaria, no tuve el coraje o las ganas.
Ese día ya no nos sirve decir por qué, sólo nos queda la decisión entre aceptarnos el no o dar un paso hacia algún lugar.
Podemos encontrar razones para no amar, no soñar, no escribir, porque ninguna de ellas requiere razones para hacerlo. Sólo el deseo, aquel que alguna vez nos recuerda que está allí, que no acepta los "no".
Algún día quedamos frente a frente con nosotros, para ver, como decía, implacable y maravillosa, Alejandra Pizarnik, que "más allá de cualquier zona prohibida hay un espejo para nuestra triste transparencia".

sábado, 16 de septiembre de 2006

Noche de los lápices

Menos de cinco horas bastaron para que las fuerzas militares de la dictadura secuestrasen aquella madrugada del 16 de septiembre de 1976 a Francisco, Daniel, Claudio, Horacio, María Clara y Claudia. El plan de secuestro, tortura y desaparición de personas ya estaba en plena vigencia aunque nadie había escuchado aún hablar de él.
La historia rescató del olvido esa noche de terror ideada por el torturador y asesino Ramón Camps perpetuándola como “La noche de los lápices”.
Cientos de testimonios hechos públicos a partir del juicio a las Juntas militares del Proceso permitieron ir armando el destino de esos seis jóvenes platenses, sus torturas, su sufrimiento, las risas de aquellos cobardes armados y protegidos por el Estado mientras provocaban el mayor dolor posible a adolescentes sin ninguna posibilidad de defensa.
La historia también une sus nombres al reclamo por un boleto estudiantil, y ese recuerdo no los honra, lucharon por mucho más que un boleto, por un mundo sin dictaduras, sin hambre, sin injusticias, con sus creencias, a su manera.
La historia los convirtió en símbolos. No fueron símbolos, fueron seis adolescentes con sus amores y odios, pasiones y opiniones, luchas y proyectos, corajes y temores, seis adolescentes como millones, con derecho a la vida.
El olvido no es opción.



María Claudia Falcone. 16 años


Claudio de Acha. 17 años


Horacio Ungaro. 17 años


María Clara Ciocchini. 17 años


Daniel Alberto Racero. 18 años


Francisco López Muntaner. 16 años


sábado, 9 de septiembre de 2006

También

El teléfono sonó a la madrugada. “Ya está por nacer la nena” me dijo la voz alterada del inaugurado padre. Balbuceé una respuesta tonta y corrí al hospital.
Cuando llegué ella me había ganado, ya estaba en su cuna, con su carita roja por el esfuerzo de salir al mundo y esos ojos que dicen que aún no veían observándolo todo.
Su madre también agotada, pero con mirada calma, feliz.
Su padre era un manojo de nervios. “Hey, calma, ya está” le dije cuando lo vi. Me miró serio y pareció comprender que sí, que ya estaba, que ahí estaba, y estaba todo bien. Lo pensó unos segundos y respondió: “no, no está, recién empieza”. También.
Supe que cambiaría mi vida desde el momento que me enteré de su existencia, pero jamás supuse cuánto. Cada día que la vi crecer dentro del vientre de su madre reviví mi propia maternidad. Ahora, casi tres meses después, viéndola crecer, viéndola descubrir y hacernos descubrir una vez más el mundo para ella, me quedo en silencio asombrada ante lo inexplicable, ante la más pura esencia del amor.
“A menudo los hijos se nos parecen” canta el Nano, también los hermanos, los sobrinos, los nietos, todos aquellos niños de cuyas vidas formamos parte.
“Les vamos trasmitiendo nuestras frustraciones con la leche templada y en cada canción”, también.
¿Cómo saber el límite exacto en el cual ver a cada madre, cada padre, cometer sus propios errores sin decir nada? Tantos cometí yo, y tantos aún cometeré. Tanto me rebelé al consejo de quienes ya habían tenido hijos cuando me convertí en madre, yo sabía y lo que no sabía lo aprendería sola. Luego comprendí que aprendí aquello que me habían dicho, pero por el camino largo. Y también aprendí a ser madre, a ser la madre de mi hijo, de cada hijo, esa relación única entre dos seres únicos.
Hoy observo ese pequeño cielo que nos cubre, me enseña a descubrirla, ensaya una y otra vez sus llantos para aprender a decirnos, no se asusta ante sus intentos fallidos por emitir una palabra, se escucha y asombra, y ríe al comprender que ese sonido lo provocó ella misma. La veo observar mi mano frente a sus ojos, fascinada, moviendo sus pequeños dedos instintivamente, hasta darse cuenta, y mirar su propia mano reconociéndose. Esas pequeñas cosas, esos infinitos detalles que nacen una y otra vez.
Y veo a sus padres asustarse por un estornudo sin poder evitar sonreír cuando no me ven. Me recuerdan a mí.
Hoy aprendí a crear con ella mi propia y única relación en nuestros propios tiempos, y con ellos como padres, y a callar, aunque deba morderme, estableciendo como límite la respuesta a la pregunta precisa y el riesgo de la pequeña. No más allá, ellos sabrán, ellos aprenderán, como todos.
También debo aprender yo.

domingo, 27 de agosto de 2006

Sólo un juego

Así fue que una palabra llevó a la otra, y después de varias palabras sueltas, comenzaron las frases. Nunca esperó grandes demostraciones de interés, más bien lo tomó como un juego de parte de él...y si bien ella nunca jugaba a esos juegos, se animó a hacerlo, con la absoluta seguridad de no tener nada que perder y nada que ganar.
Un juego de dos, donde no había ni reglas a seguir, ni metas...parecía algo sin mucho sentido y menos futuro, pero había algo que la desafiaba, algo que la envolvía y no le permitía alejarse y sopesar los pro y los contras de involucrarse en algo tan incierto.
A medida que pasaban los días y se prolongaban los contactos, se fue dando cuenta de que el juego consistía en decir y al mismo tiempo dejar abierta la posibilidad de crear dudas, durante el primer encuentro se mostraron cuidadosos, prudentes, evitando mostrarse tal cual eran; prefirieron mantener delante del otro una imagen irreal, que les permita participar del juego sin arriesgar demasiado de sí mismos.
Un día mientras charlaban, y se enredaban y desenredaban en la conversación, él le dijo que la amaba, ella no supo si era parte del juego o le estaba confesando algo que arruinaría toda posibilidad de seguir jugando. Ella también sentía que lo quería, aprendió a querer cada una de las cosas que él le mostró, nunca se preguntó si eran verdad, o si jugaba en todo momento o si siempre había inventado todo. Nunca quiso reconocer que el juego consistía en perder en el otro todo lo que uno era...dejar que el otro absorba hasta la última gota de voluntad, de entereza y de dignidad, ella nunca reconoció que el único que había jugado era él y que ella no perdía ni ganaba, sólo era una pieza en su juego de diversión.
Claro que nunca la diversión es eterna con el mismo juego y las mismas piezas...por eso ella se sintió liberada cuando él empezó a perder interés y creyó que era su oportunidad y sin saber de dónde sacó la fuerza empezó a cortar los hilos, las cadenas... al principio se sintió caer como un títere que pierde poco a poco su sostén, se había equivocado al principio, no tenía nada que ganar y mucho que perder, pero lo intentó y lo logró.
Siempre quedan algunos hilos pero ella los maneja, y ya nunca acepta formar parte de un juego sin conocer sus reglas y menos ser el objeto en juego.

miércoles, 9 de agosto de 2006

Ayer hoy

Jueves, 22:30 hs, después de casi diez horas de trabajo lo único que quería era quedarme en la cama y terminar de ver la película que acababa de comenzar cuando sonó el teléfono.
"No voy a atender" me dije mientras levantaba el tubo. Del otro lado una voz femenina que parecía tener mi edad dijo "¿Podrías decirme si allí vive Amarah?". "Sí" respondí "vive aquí". "Ah, bárbaro ¿me pasás con ella?" continuó la desconocida. "Soy yo" dije y sin darme tiempo a preguntar quién era escuché un grito alegre y una catarata de palabras.
"No puedo creer que seas vos, soy Ana C. ¿te acordás de mí?". "¿Quién?" le pregunté tontamente. Sabía quién era, la pregunta sólo era un pedido de tiempo de mi mente para adecuarse, para buscar rápidamente en mi memoria, más de 20 años atrás, un nombre y un rostro que no formaron parte de mi vida en esas décadas.
"Ana C." continuó ella "la amiga y vecina de Gladys F., la que era novia de Rody ¿te acordás?". Sí, claro que me acordaba.
Estaba buscando algo en la guía telefónica cuando se topó con mi nombre y tuvo un "ataque de nostalgia", entonces llamó.
Las siguientes casi tres horas fueron un ida y vuelta, desde los recuerdos de adolescencia compartida al hoy, quién éramos y quién somos, y cómo llegamos a serlo. Por supuesto que cada 10' acordábamos que no íbamos a hablar por teléfono, que teníamos que encontrarnos para charlar frente a frente.
Los nombres empezaron a surgir naturalmente. "¿Te acordás de Ramiro? lo encontré en tal lugar hace tantos años...", "¿sabés algo de Andrea?", "al que veo siempre es a Marcelo...". Así empezamos a recomponer un rompecabezas olvidado, nombres que una u otra no recordaba, reencuentros con otros a partir del relato de cada una.
Reencuentros y cierres. "Ah ¿no te enteraste? se mató en un accidente hace como diez años", "se lo llevaron durante el Proceso, nunca apareció...".
Reencuentros, cierres y constantes. "Me casé y me separé", "yo también", y tal, y tal, y tal... Todos parecen haber pasado por un ensayo y error, un primer matrimonio o convivencia de pareja fallido. Quizás sea una característica generacional.
Buscamos inútilmente las razones de la separación del grupo, aquellos que estuvimos por años diariamente juntos, compartiendo tanta vida. Simplemente crecimos, seguimos viviendo, lo llamamos matrimonio, trabajo, estudio, pero simplemente fue crecer, como ramas en un árbol.
Horas después, tras pasarnos direcciones, mails, teléfonos, acordar que nos llamaríamos para encontrarnos pronto, asegurar que cada una le daría besos a quien aún veía, promesa mediante de decirle a su hermano que me llame y a mi vecino que la agregue en su MSN nos despedimos. Quizás nos encontremos algún día, quizás no.
Quizás sólo nos reencontramos un rato con nosotras mismas, con quienes fuimos, para entender mejor quienes somos.

sábado, 29 de julio de 2006

No quiero

No quiero
que los besos se paguen
ni la sangre se venda
ni se compre la brisa
ni se alquile el aliento.
No quiero
que el trigo se queme y el pan se escatime.

No quiero
que haya frío en las casas,
que haya miedo en las calles,
que haya rabia en los ojos.

No quiero
que en los labios se encierren mentiras,
que en las arcas se encierren millones,
que en la cárcel se encierre a los buenos.

No quiero
que el labriego trabaje sin agua
que el marino navegue sin brújula,
que en la fábrica no haya azucenas,
que en la mina no vean la aurora,
que en la escuela no ría el maestro.

No quiero
que las madres no tengan perfumes,
que las mozas no tengan amores,
que los padres no tengan tabaco,
que a los niños les pongan los Reyes
camisetas de punto y cuadernos.

No quiero
que la tierra se parta en porciones,
que en el mar se establezcan dominios,
que en el aire se agiten banderas
que en los trajes se pongan señales.

No quiero
que mi hijo desfile,
que los hijos de madre desfilen
con fusil y con muerte en el hombro;
que jamás se disparen fusiles
que jamás se fabriquen fusiles.

No quiero
que me manden Fulano y Mengano,
que me fisgue el vecino de enfrente,
que me pongan carteles y sellos
que decreten lo que es poesía.

No quiero amar en secreto,
llorar en secreto
cantar en secreto.

No quiero
que me tapen la boca
cuando digo NO QUIERO...

Angela Figuera Aymerich (1902-1984)

jueves, 6 de julio de 2006

¿Nunca es triste la verdad?

En pura asociación libre el post de Maun me recordó a Ezequiel. Tenía ocho años, estaba en 2do grado, inteligente, alegre, afectivo, con la capacidad de distracción más grande que haya conocido.
Una mañana me miró serio y dijo: "hoy estoy triste porque se murió mi papá". Me sorprendió muchísimo, nadie me había dicho nada, lo cual no es normal, ya que se tiene plena conciencia dentro del ámbito escolar de que esos alumnos requieren una especial contención de la que sus maestros no pueden estar ajenos.
Cuando me puse en comunicación con su mamá ella quedó tan sorprendida como yo. El padre de Ezequiel no había muerto, hacía casi tres años le había dicho que volvería a buscarlo para llevarlo al Zoológico ese fin de semana, y nunca había regresado. Se había separado de la madre cuando Ezequiel tenía tres años, y en los dos siguientes, antes de alejarse definitivamente, apenas lo había visitado un par de veces, en el Día del padre y en su cumpleaños (del padre, no de Ezequiel). Luego simplemente no volvió.
Su mamá le preguntó por qué había dicho algo así, y él respondió con su lógica acostumbrada "es lo mismo, no sabemos si está vivo o muerto". Detrás de esa lógica estaba lo que él no iba a decir, y seguramente no sabía, que es preferible un padre muerto que uno que no te quiere. Ezequiel decidió matar a su papá, era mucho menos doloroso que reconocer el abandono, la falta de amor y la culpa por no haber logrado que su padre lo quisiera (aunque no tuviese ninguna).
Después crecemos, y obviamente no deseamos la muerte de nadie, y mucho menos de alguien querido. Pero algo de ese niño que prefiere enfrentar la muerte al desamor sobrevive.
Empezamos a "matar" gente que amamos con una muerte que no es muerte, pero es tan ajena y tenemos tan poco control como sobre ella.
Una pareja se quiebra, y la culpa la tiene un otro/a que interfirió, aunque sabemos que en una pareja sólo existe un compromiso entre dos y nadie puede interferir si uno de los dos no lo permite, es mejor que sea un otro el culpable, no el desamor. Un hermano, un amigo, que se aleja, no responde, nunca está disponible para nosotros, es por sus responsabilidades, mucho trabajo, compromisos, nunca es desinterés. Un hijo que ni recuerda llamar por teléfono el día del cumpleaños de alguno de sus padres es muy chico, o muy adolescente, o muy ocupado, o muy distraído, nunca es desconsideración. Y en el peor de los casos no sólo preferimos que estén "muertos" sino ser el asesino, no supimos hacer que nos quieran, no supimos mantener una relación.
Demasiadas veces preferimos decir que hoy estamos tristes porque papá murió a enfrentar una realidad tan simple como que no hay amor, y que no haya culpables.

martes, 27 de junio de 2006

A Luis

Mientras conversaba con Susana trataba de adivinar quién era ese "nuevo amigo“ del que desde hacía semanas hablaba. Teníamos la misma edad, ella llegó al barrio casi con 13 años, en plena pubertad y con una carga de acné que frenó todo su ímpetu de conocer gente nueva, es por eso que hablaba maravillada de “ese chico" que rápidamente trabó amistad con ella, "a pesar de sus granos", como repetía a cada momento.
Debí imaginarlo, aunque no dijo su nombre en ningún momento, debí saber que se refería a Luis, Luisito como lo llamaba mi papá.
Era un par de años mayor que yo, y no sé si fue por eso o por su innata actitud protectora que se transformó en un hermano mayor. Nadie hubiera sospechado que detrás de ese chico desgarbado, de dientes delanteros sobresalidos y claros ojos inexpresivos se iba a desarrollar un joven lleno de vida, de planes, con la mirada cada día más brillante. Era el hijo modelo, sin dejar de ser uno de los más revoltosos del grupo de chicos del barrio. Su padre era taxista, entonces, para financiarse sus estudios en la universidad, hacía algunos turnos con el taxi y era conocido y querido por todos en esa parada.
La mayoría de mis permisos para salir y volver más tarde de lo normal, dependían de si iba y volvía con Luisito a casa, y él nunca me fallaba.
Un día conoció a Mónica, mi mejor amiga en la escuela, ella tenía 15 años y yo no cabía dentro de mí de la alegría al verlos juntos, se querían y formaron la pareja del momento.
El tiempo pasó y después de un par de años se separaron sus caminos, pero no para siempre.
Luis pasaba días enteros estudiando, noches trabajando y en algunos momentos libres visitaba a su nueva novia. Lo veía poco, y cada encuentro era una verdadera alegría, siempre lleno de luz, dando motivos a todos de que no hay que bajar los brazos nunca.
Durante varias semanas intentamos juntarnos. Después de muchos meses de vernos por casualidad, cada uno en sus cosas, al fin lo logramos. La Tana nos hizo unas pizzas en su casa, qué reunión especial fue, estábamos todos, Mónica, Carlos, Mauricio, Luis, Susana se había vuelto a mudar de ciudad. Mónica y Luis se reencontraron con el mismo amor de siempre.
No parábamos de hablar de los planes, las esperanzas de encontrar con vida a nuestros amigos queridos que ya habían empezado a desaparecer. Hablamos de la muerte, era la primera vez que tratábamos ese tema de esa manera, cada uno imaginó su propia muerte. Luis fue el que dijo terminantemente: "no me importa cómo ni cuándo, pero que sea rápido, no quiero sufrir ni saberlo antes, ni quedar postrado por años". Era domingo.
El lunes cuando volví a casa del trabajo encontré a mi padre llorando, sólo logré entender que me decía “Luisito”. Todo pasó tan rápido que hoy después de casi 30 años me pregunto cómo resistí ese momento.
Después de la reunión y ya tarde en la madrugada, Luis decidió ver a su novia y contarle la verdad, el reencuentro con Mónica los planes que habían hecho juntos.
Los médicos dijieron que no sufrió, fue sólo un golpe seco al salir despedido de su auto cuando al cruzar una barrera que no funcionó se encontró con un tren que se llevó para siempre su vida. "De haber vivido", dijo el médico forense, "hubiera quedado tetrapléjico".
Jamás visité su tumba, nuestro Luis no está ahí, él dejó su espíritu desparramado ese último domingo.
Hoy cumple 50 años y vive en el recuerdo de muchos que fuimos privilegiados en conocerlo.

sábado, 17 de junio de 2006

Somos los mejores

Competir no es humano, es vital. La vida se sostiene con la competencia, todo ser vivo compite por alimento, procreación, hábitat. Los humanos sólo lo perfeccionamos, intelectualizamos y socializamos.
Competimos con nuestros hermanos, nuestros amigos, desde los juegos infantiles hasta la discusión académica. Tener la razón, ser más lindo, más inteligente, más ingenioso, más humilde, más comprensivo, llegar primero, vamos construyéndonos con triunfos y derrotas, pura competitividad contra otros, contra el mundo, contra nosotros mismos.
En algún momento empezamos a tener conciencia de grupos de pertenencia, competimos entre nosotros dentro del grupo y el grupo compite con el resto del mundo. Entonces empezamos a delegar, otros deben ganar en nuestro nombre, y, a veces, nos toca ganar por otros. El juego, la discusión, la relación, pasan a segundo plano, sólo como objeto de triunfo o derrota.
Ganar construye confianza y deseos de seguir compitiendo, perder construye una mirada sobre nosotros mismos que no es la nuestra sino la de otro. Nada es seguro, vivir implica ir ganando, o perdiendo.
Cuando triunfo o derrota comienzan a tener más valor que aquello que estaba en juego creamos alianzas, trampas, confianzas y traiciones, perder nos hunde en la impotencia y el temor, o en buscar culpables, culpa de otro o nuestra. Nunca es sólo ese juego, ese momento, siempre somos nosotros, nos ganamos o perdemos.
Cuando es otro quien debe triunfar por nosotros, por nuestro grupo, no hay piedad ni perdón, el fracaso no es opción. No nos jugamos la nacionalidad, la familia o el equipo, nos jugamos nosotros. Canalizamos los fracasos personales en triunfos grupales.
Porque competir es una relación dejamos de ver el triunfo como la optimización de algo propio y se convierte en superioridad sobre otro. Entonces 6 a 0 no es "jugaron bien", es "los reventamos", porque el parámetro es la derrota del contrario.
Seguiremos compitiendo porque está en nuestra naturaleza, con una bandera, un nombre, un color, una creencia, un trabajo, una pareja, porque infinitas veces dejamos de ser quien somos, de jugar el juego que jugamos y sólo somos el lugar que ocupamos en la tabla.

jueves, 8 de junio de 2006

Algunas sonrisas


Después de algunos días de silencio, me reincorporo al blog, y decidí hacerlo aceptando la invitación de Grismar, de Antes de la lluvia, a un meme, mencionando 10 películas que me hayan hecho reír. De acuerdo a las reglas invito a continuar con este meme a Paterna de Agua fuertes 2004, a Matías de Voyeur, a Marcelo Lacanna, a Amorentintado y a Chirusa de Cambalacheblog, es sólo una invitación para ellos o para cualquiera que tenga ganas de participar.
Es bastante difícil que alguna película me haya hecho reír abiertamente, apenas alguna sonrisa, y es porque evidentemente debería ver más comedias y menos dramas.

- Desde el jardín: Oscarizada película con la inocencia en primer plano.
- La vida es bella: tragicomedia diría yo, pero que me arrancó tantas sonrisas como lágrimas.
- Pan y tulipanes: comedia/sátira italiana del año 2000, rodada casi en su totalidad
en Venecia.
- Magnolia: También sale del reparto de películas divertidas, pero que con entrelazadas historias cotidianas, nos hace entender que no hay casualidades.
- American beauty: excelente crítica a la sociedad americana, y a muchas otras
también.
- Mejor imposible: Jack Nicholson para aplaudir.
- Doña Flor y sus dos maridos: casi prehistórica comedia brasilera.
- De cara al sol: comedia española, también dentro de la categoría tragicómica
- Guantanamera: joya del cine cubano
- El tesoro de Manitu (Der Schuh des Manitu): comedia alemana que me arrancó una sonrisa e hizo reír a muchos alemanes (aunque no lo crean, jeje)

jueves, 25 de mayo de 2006

Sintonía

Se sentó en una mesa junto a la ventana y pidió un café. Afuera llovía con esa intensidad de las lluvias que durarán poco. Trató de organizar su vida pero se dio cuenta que no tenía ganas, así que sólo se quedó mirando hacia afuera. Un par de mesas más adelante dos chicas adolescentes hablaban demasiado alto, demasiado rápido, gesticulando como si creyeran que las estaban filmando.
"Tengo las entradas para Sintonía" le gritó una a la otra mientras se levantaban para irse. "Uhhh, qué bueno, yo las saqué ayer y..." le respondió la otra mientras se enfrentaban a la lluvia con esa actitud "miren que loca que soy" que incluye bailar debajo de la lluvia o meterse vestido en una fuente.
Sintonía, rock pesado, los había escuchado varias veces, demasiado cuadrados para su gusto. Siguió mirando la calle, observando las posiciones defensivas de los pocos transeúntes que se atrevían a caminar bajo el diluvio. En su mente comenzó a repetirse mecánicamente la palabra "sintonía", sin que ella se diese cuenta, hasta que empezó a perder sentido, sabía lo que significaba, pero después de decirla varias veces comenzó a parecerle una palabra absurda, otro idioma, sin relación con ningún significado.
Aprovechó que la lluvia se había detenido para irse, quería llegar a su casa antes del anochecer, aunque no quería llegar a su casa.
Encendió las luces y fue a la cocina a buscar algo que comer, encendió el televisor por inercia, por escuchar algún sonido. Mientras revolvía la heladera descartando todo le llegó la voz de un locutor anunciando próximamente "Sintonía de amor", una comedia que ya había visto un par de veces. Absurdamente se enojó al volver a escuchar esa palabra, y apagó el aparato. Agarró una manzana y dudó antes de irse a la cama con ella, durante cinco años había vivido en pareja con alguien a quien no le gustaba que comiera nada en la cama, y los sólo diez días de separación no habían logrado acostumbrarla a hacer lo que quisiera.
Se acostó con su manzana y un libro, leyó un rato, y comenzó a dormirse. Mientras su conciencia estaba en el umbral del sueño volvió a repetir "sintonía" una y otra vez en su mente, y ya no tenía sentido, no lograba siquiera con esfuerzo darle el significado que suponía que tenía. Escuchó que comenzaba a llover nuevamente y se sintió incómoda, siempre le había disgustado dormir con la cabecera de la cama bajo la ventana, pero a él le gustaba así, había sido inútil todo intento de cambio, de algún lugar alternativo, él siempre tenía los argumentos exactos para demostrar que tenía razón y que un simple "no me gusta" no es razón suficiente, entonces se había convencido de que no le costaba nada dejarla como él quería.
Se despertó tarde, últimamente se despertaba tarde, tarde en relación a los cinco años anteriores, no a sus ganas. Se sentó a tomar un café y vio un sobre que alguien había pasado por debajo de la puerta. Sabía que era de él, lo había estado esperando aunque lo último que se hubiesen dicho era que no había nada más que decir.
Lo tomó, lo dejó sobre la mesa y fue a vestirse. Largo rato después volvió, se preparó otro café, encendió un cigarrillo y lo abrió. Leyó su tono cariñoso (siempre había sido cariñoso) sin conmoverse, ya había aprendido a leer detrás de ese tono y a desear que alguna vez fuese agresivo, directo.
Llegó a la frase final: "estaríamos juntos si pudiéramos volver a estar en sintonía". Se quedó unos instantes observando el papel, sin ver sus palabras, luego lo dobló cuidadosamente, lo dejó en un cajón y fue a su dormitorio a cambiar de lugar los muebles.

martes, 16 de mayo de 2006

Una Marcha

Se había quedado sin cigarrillos. Fue hasta el kiosco de la esquina y pidió un par de atados. "¿No te enteraste?" le dijo alarmado el kiosquero "están prohibidos desde ayer, tomá pero no vayas a decir nada", y le extendió una bolsita para caramelos con los atados de cigarrillos adentro. Se puso a atender a otro cliente con gesto evasivo, por lo tanto decidió averiguar por sí misma de qué se trataba. No había leído ni escuchado ninguna noticia ese día, pero esa información le resultó tan absurda que no le dio mayor importancia, sería una extraña noción de broma de su kiosquero.
Encendió uno mientras volvía a su casa y desde un auto le gritaron "apagalo, kamikaze". En cuanto llegó tomó el diario, un gran titular informaba: "Acuerdo en 68 países. La prohibición del tabaco ya es Ley". No podía creerlo, encendió el televisor y la PC, entró en varias sitios periodísticos y lo supo. En las sombras y sin previo aviso 68 países habían acordado lanzar su ofensiva antitabaco al unísono. "Millones de trabajadores en la calle a partir de la prohibición" decían aquellos que se atrevían a rebelarse. "Marcha mundial por la libertad" convocaban otros desde la web. "Por la libertad de elección sobre nuestros cuerpos", decían otros.
Quedó aturdida ante la brutal embestida, y por supuesto, iría a la Marcha.
Recorrió unos cuantos negocios conocidos con la intención de proveerse de la mayor cantidad de atados antes de que pasaran al mercado negro, pero sólo consiguió unos pocos, pagándolos diez veces más que su valor original.
Las noticias comenzaron a llegar desde el amanecer: 17 muertos en enfrentamientos con la policía en la Marcha en París, 9 en Londres, 14 en Nueva York, 43 en Río y la lista seguía. Los 68 países habían acordado también reprimir las manifestaciones en forma brutal, tenían la intención de desanimar cualquier intento de oposición.
Se preparó para ir a la Plaza, al eje de la convocatoria. Tenía miedo, un recuento superficial indicaba decenas muertos y cientos de heridos en las Marchas en todo el mundo, pero no iba a quedarse en su casa, no dejaría que la avasallen de ese modo.
La Plaza estaba llena, se veían aquí y allá banderas de partidos políticos, pero eran los menos, casi todos sólo elevaban sus cigarrillos encendidos. La represión no tardó demasiado, primero gases lacrimógenos, hidrantes, balas de goma. Luego los caballos y las balas de acero.
La precaución de haber llevado limón para protegerse de los gases de nada sirvió ante el descontrol y las corridas entre quienes huían, quienes enfrentaban, y los represores. Algo golpeó su espalda haciéndola caer. Intentó levantarse, pero sus piernas no respondieron, recién entonces sintió el dolor. Alguien la levantó y la sacó de allí, nunca supo quién.
Despertó lentamente, tratando de comprender dónde estaba. Un médico sin demasiada sensibilidad le informó que habían extraído la bala pero se había quebrado su columna y quedaría paralizada desde la cintura.
Aún no comprendía lo que estaba pasando, sólo deseaba fumar, tranquilizarse y pensar. Ayer había ido a comprar cigarrillos, estaba apurada ya que debía entregar un trabajo antes del fin de semana.
En la puerta de la habitación vio dos hombres con uniforme policial. Miró interrogante al médico. "Es que estabas en la Marcha, y andabas con los puchos en el bolsillo, te tienen que detener cuando tengas el alta".
Volvió a mirar hacia esa puerta detrás de la cual charlaban y se reían quienes le quitarían su última libertad. Uno de ellos la miró, dio una larga pitada a su cigarrillo y sonrió.

martes, 9 de mayo de 2006

Se busca un amigo



No es necesario que sea hombre,
basta que sea humano,
basta que tenga sentimientos,
basta que tenga corazón.

Se necesita que sepa hablar y callar,
sobre todo que sepa escuchar.
Tiene que gustar de la poesía,
de la madrugada, de los pájaros,
del Sol, de la Luna, del canto,
de los vientos y de las canciones de la brisa.
Debe tener amor,
un gran amor por alguien,
o sentir entonces,
la falta de no tener ese amor.
Debe amar al prójimo y respetar el dolor
que los peregrinos llevan consigo.
Debe guardar el secreto sin sacrificio.
No es necesario que sea de primera mano,
ni es imprescindible que sea de segunda mano.
Puede haber sido engañado,
pues todos los amigos son engañados.
No es necesario que sea puro,
ni que sea totalmente impuro,
pero no debe ser vulgar.
Debe tener un ideal y miedo de perderlo
y en caso de no ser así,
debe sentir el gran vacío que esto deja.
tiene que tener resonancias humanas,
su principal objetivo debe ser el del amigo.
Debe sentir pena por las personas tristes
y comprender el inmenso vacío de los solitarios.
Debe gustar de los niños y sentir lástima
por los que no pudieron nacer.
Se busca un amigo
para gustar de los mismos gustos,
que se conmueva cuando sea tratado de amigo.
Que sepa conversar de cosas simples,
de lloviznas y de grandes lluvias
y de los recuerdos de la infancia.
Se precisa un amigo para no enloquecer,
para contar lo que se vio
de bello y de triste durante el día,
de los anhelos y de las realizaciones,
de los sueños y de la realidad.
Debe gustar de las calles desiertas,
de los charcos de agua y los caminos mojados,
del borde de la calle,
del bosque después de la lluvia,
de acostarse en el pasto.
Se precisa un amigo que diga
que vale la pena vivir,
no porque la vida sea bella,
sino porque se tiene un Amigo.
Se necesita un Amigo para dejar de llorar.
Para no vivir de cara al pasado,
en busca de memorias perdidas.
Que nos palmee los hombros,
sonriendo o llorando,
pero que nos llame Amigo,
para tener la conciencia
de que aún se vive...

Vinicius de Moraes